Invecq Consulting

En la última semana se conocieron datos sobre el comercio exterior de Argentina y sobre la evolución de la actividad económica agregada, entre otros. Con respecto al intercambio comercial se sigue observando un superávit de la balanza comercial de gran magnitud. Mientras que las importaciones de bienes no llegaron a los 4.700 millones de dólares en el mes de marzo, las ventas de productos argentinos al exterior superaron los 6.100 millones, arrojando un superávit comercial de casi 1.500 millones de dólares.

Sin embargo, cuando se hace un análisis algo más minucioso de la situación del comercio exterior se identifican dos fenómenos. En primer lugar, que la velocidad de recuperación de las exportaciones está siendo menor que el de las importaciones. Mientras que en los primeros cuatro meses del año las exportaciones avanzaron 22% en dólares, las importaciones lo hacen a un ritmo del 37%. En segundo lugar, la composición de estas dinámicas es muy diferente. El driver fundamental del incremento de las exportaciones es el fenomenal crecimiento de los precios internacionales de las commodities, que crecen 16,3% en relación al mismo período de 2020 mientras que las cantidades o los volúmenes vendidos solo avanzan un 5% interanual. Contrariamente, las importaciones aumentan casi en su totalidad por una expansión de los volúmenes importados y no por un efecto de los precios. De hecho, los precios están relativamente estables con un aumento de solo 3% en dólares mientras que las cantidades importadas crecen más del 30% interanual.

Simultáneamente los datos de actividad económica de marzo no fueron positivos. Si bien la contracción fue pequeña, con la caída del 0,2% desestacionalizado en relación a febrero se acumulan dos meses consecutivos negativos. Y, dadas las nuevas restricciones impuestas a partir de abril e intensificadas en mayo es difícil pensar que la economía no siga cayendo por estos días. Al mismo tiempo, la heterogeneidad sectorial que caracterizó a la recesión del 2020 sigue muy presente, y comparando los primeros trimestre del 2021 con el primero del 2019 encontramos que el sector hotelero-gastronómico (aún antes de las restricciones de esta semana) estaba funcionando a un nivel 40% inferior. Los servicios sociales y personales caían 20% en relación al 2019 y el transporte y las comunicaciones -15%. En contraste, la actividad manufacturera parece haberse recuperado por completo del impacto de la cuarentena y alcanza un 4% superior respecto al primer trimestre del 2019. La economía en su conjunto, de todas maneras, aún se encuentra 3% por debajo de enero-marzo 2019.

En este contexto, con un superávit comercial explicado fundamentalmente por un factor exógeno, por fuera del control del gobierno y que bien podría ser transitorio como los es el de los precios internacionales, y con una actividad económica que tanto en febrero como en marzo mostró la interrupción de la recuperación que veíamos desde mediados del año pasado, el gobierno decidió suspender por 30 días las exportaciones de carne vacuna.

El objetivo político de la medida es claro. Por factores de demanda, pero principalmente de oferta, la carne estaba experimentando un aumento de precios considerablemente superior al del promedio de la economía; es decir, se estaba dando un cambio de precios relativos hacia el interior del sistema de precios. Si bien no estaba en el podio de los precios relevados por el INDEC que es ocupado entre otros por la indumentaria y el costo de los automóviles, la carne estaba señalando aumentos superiores al 70% interanual. Dada esta situación, al prohibir las exportaciones, se busca generar una sobreoferta en el mercado local que deprima los precios de la misma manera que se implementó en marzo del año 2006.

Sin embargo, en esta oportunidad, es probable que dada la reacción de los productores de convocar a un paro de comercialización por una semana pudiera generarse una insuficiencia de oferta en los próximos días y, por lo tanto, un aumento mayor de precios. Luego, el efecto podría revertirse en caso de que los productores no consigan sostener la medida de fuerza y que el gobierno no decida normalizar la situación del comercio exterior de carnes.

De todas maneras, lo que sorprende un poco es que el gobierno se anime a tomar riesgos de tal magnitud con este tipo de medidas. La cadena de valor de la carne vacuna podría ser señalada casi sin lugar a dudas como un diamante en bruto en los últimos años en el contexto de la economía argentina. Desde el año 2016 el sector ha incrementado su producción y empleo generado en una economía en recesión y con destrucción de empleo asalariado, y ha sido el complejo exportador que más incrementó sus exportaciones, pasando de aportar apenas 1.000 millones de dólares en 2015 a 3.500 millones de dólares anuales en 2019 y 2020.

Es decir que es un sector que está traccionando las exportaciones por un incremento enorme de las toneladas vendidas al mundo (principalmente a China) y al mismo tiempo es uno de los pocos sectores que ha mostrado dinamismo positivo en materia de actividad y empleo.

Arriesgarse a dañar la dinámica virtuosa de un sector, a la luz de los efectos negativos y tan duraderos que generó una intervención similar en marzo del 2006 parece algo irresponsable si se piensa en clave de consistencia macroeconómica de mediano y largo plazo; pero muy comprensible y lógico si se piensa en términos meramente cortoplacistas.

Entre 2005 y 2011 la intervención del mercado de carnes generó que cayeran las exportaciones, cayera la producción, se perdieran 10 millones de cabezas de ganado, cerraran frigoríficos, se destruyeran puestos de trabajo y además de todo eso se encareciera la carne en lugar de abaratarse. En el siguiente gráfico se puede ver un simple ejercicio hipotético si se hubiera mantenido los volúmenes exportados en el año 2005, en el año previo a la intervención. Dados los precios internacionales vigentes para la carne, entre 2006-2019 se hubieran generado 16.000 millones de dólares más de exportaciones de los que efectivamente se generaron.

A diferencia de aquella oportunidad, quizás hoy sea aún más llamativa la medida porque como describíamos antes, la economía se encuentra con serias dificultades para reencauzarse en una senda de recuperación económica y de generación de empleo y, al mismo tiempo, esta situación es resultado final de una crisis de balanza de pagos que explotó en 2018 y tenía como principal fundamento un déficit de cuenta corriente y de balanza comercial significativo. De hecho, de este diagnóstico, surgió casi como un mandamiento el lema de que “tenemos que exportar más” que Guzmán menciona en cada oportunidad que puede.

Contradiciendo completamente esa idea, el gobierno decidió poner un palo en la rueda al complejo exportador que más aumentó sus volúmenes y dólares exportados desde 2015. Por este camino estamos yendo derecho, aún si haber salido, a buscar un nuevo stop en un ciclo de “restricción externa” que pareciera que se quedó sin la fase del go al menos desde el año 2011.

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